Estamos en la antesala de un momento que puede ser histórico, de nosotros depende. Por primera vez en los anales de los hombres se dan las condiciones para que se oiga alto y claro la voz de la gente, de las personas, del pueblo, ese artefacto extraño al que todos los gobiernos de este mundo han procurado ignorar soberanamente. Porque la gente, las personas, el pueblo, por fin han dicho basta, han gritado al unísono “estoy harto de estar harto y de que me toquen los cojones”.
Han sido en efecto muchos años de burlas y mentiras, de manipulación y corruptelas, de políticos infames y banqueros usureros. Han sido décadas de perseguir la zanahoria como burritos dóciles y obedientes, de prepararnos para un mañana que nunca llegará porque ellos lo han secuestrado. Hasta el futuro de los hijos que aún no hemos tenido está ya hipotecado. Hemos sufrido los caprichos de nuestro viejo amigo el Euríbor, con el que ellos han hecho malabares a su antojo. Hemos visto cómo especulaban, cómo hacían desaparecer nuestros ahorros por arte de magia, cómo fabricaban una crisis que ha devastado a todo el mundo excepto a ellos mismos, que siguen anunciando sus obscenos beneficios, que siguen teniendo al país en un puño, que siguen negando el crédito y quedándose con nuestras casas, ésas que compramos al precio absurdo y exorbitante que les dio la gana a ellos. Y es que ya no podemos pagarlas porque nos hemos quedado sin trabajo.
Han sido años, también, de observar atónitos, y con mucha vergüenza ajena, a nuestros políticos, aquellos que dicen representarnos y preocuparse de “los problemas reales de los españoles” cuando uno de los grandes problemas de los españoles son precisamente ellos, aferrados a sus cargos, a sus sueldos, a sus prebendas, a sus teatrillos de acusaciones cruzadas que sólo sirven para hacer la atmósfera irrespirable y para que el chiringuito siga funcionando a toda pastilla y sin injerencias. Nos han hecho sonrojar cada vez que han abierto la boca para hablar inglés, cuando a nosotros nos piden cinco idiomas para un trabajo por el que pagan 600 euros al mes. Nos han jodido a base de bien con sus contratos-basura y sus soluciones habitacionales, con los trajes de Camps y los ERES de Chávez; han llenado España de Marbellas y de tramas Gurtel, de concejales urbanísticos omnipotentes y promotores inmobiliarios llamados “El pocero” o “Sandokán”. Nos han sangrado con impuestos suecos y nos han ofrecido a cambio servicios africanos, fundamentalmente porque el dinero destinado a sufragar esos servicios ha acabado ya sabemos dónde. Por su culpa hemos llegado a sentir una mezcla de pena y asco por ser españoles y habitar este terruño arrasado.
Y todo ello mientras nos entretenían con engañabobos, con noticieros panfletarios, con series deleznables para subnormales profundos, con bodas principescas, con mundiales y eurocopas, con engendros como Belén Esteban y un hatajo de futbolistas analfabetos y multimillonarios.
Nos vendieron las manifestaciones del mundo árabe con el eslogan de “mirad cómo luchan por la libertad y la democracia, están dispuestos a todos con tal de copiar nuestra feliz sociedad del bienestar”. Ahora, sin embargo, ha llegado el momento de decirles que no, que lo que hay aquí, lo que nos han impuesto, ya no lo queremos ni nosotros, porque lo hemos soportado demasiado tiempo, y nos asfixia. Porque no estamos aquí para malvivir, ni siquiera para sobrevivir, sino para vivir, coño, y no nos dejan. ¿Democracia? NO. Llámalo gerontocracia, el gobierno de los viejos, o plutocracia, el gobiernos de los capitales, o cleptocracia, el gobierno de los ladrones. Pero basta ya de llamarlo democracia. No cuela.
Todo esto que a base de granitos de arena estamos haciendo que ocurra puede marcar un antes y un después, y acelerar el necesario cambio de paradigma. LAS COSAS PUEDEN CAMBIAR.
Aunque finjan lo contrario, tienen miedo, oh, sí, el mismo miedo que siente un elefante anquilosado al ver un hormiguero en ebullición. Hay mucha fuerza en esta iniciativa, la fuerza incontrolable de lo espontáneo, de lo legítimo. Hay asimismo, es lógico, mucha rabia, mucha frustración, incluso el rencor justificado de los millones de ciudadanos que nos hemos visto obligados a vivir postrados y de rodillas. Pero hay un terreno en el que no tenemos una sola oportunidad: la violencia. Les superamos en número, en inteligencia, en preparación, en creatividad; llegados a este punto ya no tenemos nada que perder, y por tanto tampoco tenemos miedo. Ahí radica todo el potencial de este movimiento. Cada contenedor quemado es un argumento para que nos tachen de “ninis”, cada escaparate roto una excusa para desenfundar la porra y tratarnos como lo que les gustaría que fuéramos: chiquillos revoltosos con las hormonas disparadas, anarcoides de pacotilla, terroristas callejeros, punkarrillas zarrapastrosos, perro-flautas y demás ralea antiglobalización. Si permitimos que nos reduzcan a eso, esta batalla (pacífica) está irremisiblemente perdida y seremos aplastados como mosquitos. Porque cualquier acto exaltado les confiere autoridad moral para “mantener el orden”, que es como los estados se refieren a la represión. No hay que olvidar que las armas las tienen, y siempre las tendrán, ellos. Nosotros tenemos las ideas, y la razón, ése debe ser el discurso. Destruir mobiliario urbano no es el objetivo.
Recuperar la calle y la plaza está bien para empezar. Pero el ágora en estos tiempos es mucho más amplia, ocupa todo el ciberespacio: youtube, twitter, facebook. Ahí no tenemos rival, sencillamente no pueden con nosotros, y lo saben. Porque primero se crean los estados de opinión, y luego se reflejan en las urnas, que es donde realmente les duele.
Banderas republicanas, la hoz y el martillo, el cóctel molotov… No creo que ése sea el camino, es un lenguaje obsoleto, que quizá funcionara en el pasado, pero ya no, y que resulta fácil desactivar. Debemos buscar nuestros propios símbolos, articular nuevas formas de expresión, que sean originales, sorprendentes, chocantes, y apelen directamente al imaginario colectivo. Por ejemplo: que un día amanezcan todos los toros de Osborne, a lo largo y ancho de la geografía nacional, pintados con los colores del arco iris, o que las sucursales bancarias aparezcan con una soga de horca colgando en sus fachadas, indicando que justo así es como nos tienen a todos.
No hay mayor desprecio que mirarles fijamente a los ojos en silencio, para que nos vean, para que nos sientan. El ruido les favorece, pues ellos manejan los medios y los cuerpos de seguridad. Se trata de no proporcionarles coartadas para que nos conviertan en niñatos a los que en lugar de hacer botellón les ha dado por armar un poco de escándalo. Se trata de no proporcionales coartadas para que nos apaleen, o para que nos disparen. Sus balas son tan democráticas como todas las demás: perfectamente capaces de atravesar carne, huesos y órganos. Y las usarán si hace falta, desde luego, porque en la relación amo-esclavo, ¿quién teme que las cosas cambien?
Eso es todo. No desperdiciemos la ocasión, que quizá no vuelva a presentarse. La ocasión de que por una vez los que siempre han dormido a pierna suelta sepan lo que es un mal sueño, sepan lo que es sudar, sepan lo que es una crisis de verdad. La ocasión de que la gente, las personas, el pueblo, recuperen para siempre lo que se les ha quitado. En nuestras manos está.
EL TABANO