El arzobispado,indignado

Según publica hoy El mundo y el País el arzobispado de Sevilla está muy indignado. Dieron su consentimiento para que se realizaran unas fotografías en la ermita de la virgen de la Encarnación y resulta que Paz Vega aparece tras una mantilla transparente…¡Pecado! Van a tomar medidas legales al respecto. Tanta humillación solo podrán olvidarla con dinero.

Será que ahora que los conservadores más imperecederos de España están en el poder (sobre los esperan que se guíen en los valores de Dios para gobernar) notan como las alas asoman en su espalda para hablar y porfiar tanto como deseen.

Y digo yo, que ya que estamos en época de recortes donde tenemos todos que abrocharnos el cinturón ¿Porque no se recortan los 6000 millones de euros anuales que se llevan estos “señores” de las arcas del estado? (Ya que la CEOE habla de todo lo que no le incumbe, que hable de esto también, por poner)

Y ya que estamos, alguno de vosotros habrá notado cuan desarropados están los pobres feligreses que acuden a misa en esos bastos espacios que apenas se llenan un 10%.

MI PROPUESTA PARA TERMINAR DE UNA VEZ CON ESTA CRISIS ES DESAMORTIZAR A LA IGLESIA.OJALÁ QUE DIOS ME OIGA.

Adjunta la preciosa fotogragia de la polémica que llevará a la marca alemana de galletas que patrocina el calendario a arder en los infiernos.


Consejos de Rafael Argullol

Todo el mundo tiene un  consejo que recuerda con especial cariño. Una lección aprendida por boca de otro que por algún motivo se nos queda en la memoria de una forma especial; aguardando el instante de volverse útil a lo largo de nuestra vida.

En pienso lugo existo,de La 2 , Rafel Argullol compartió con todos su consejo especial. Lo aprendió de un marinero allá en el pueblo costero donde veraneaba en su infancia. Solía acosar a preguntas a un marinero conocido, mientras el hombre tejía cestas o remendaba sus redes. ¿Como se sale de un remolino? Preguntó el niño curioso que fue después hombre curioso.

"Si el remolino es pequeño, podrás atravesarlo sin problemas. Si el remolino es grande, no malgastes esfuerzos intentando salir a flote. Déjate arrastrar por él hacia el fondo, porque la misma fuerza que te succiona hasta las profundidades, será la que después t6e haga salir a flote".


Herta Müller o el antifomento de la lectura

La primera oportunidad de leer la a nobelada autora fue con su libro de relatos “En tierras bajas”. Una de esas lecturas que me deja un sabor amargo, sin saber si es por la mala digestión porque el trago no es de mi gusto; dudando si escondidas en todas lineas que carecían de sentido para mí había una magia literaria que se me está escapando y a la que mis cortas entendederas no eran capaces de llegar.

Aún así lo volví a intentar

Dentro de lo que podemos denominar como “literatura de campos” sin duda se encuentran diferentes clases y nacionalidades. Este libro en concreto han acordado tildarlo de novela, bien podría ser así, o bien ser una fotografía panorámica infinita y aunque conmovedora, aburrida hasta el hartazgo. Comparar este libro con la estepa rusa donde se sitúa creo que sería acertado. Una llanura inmensa al que no le ves final, donde uno es capaz de apreciar bellos/poéticos e intensos pasajes/paisajes pero donde en lugar de apreciar el camino estás demasiado exhausto como para anhelar algo más que no sea terminarlo. Es una pena que una prosa tan hermosa no se pueda apreciar facilmente por la carencia de la construcción de tramas.


POR UNA DEMOCRACIA REAL YA

Estamos en la antesala de un momento que puede ser histórico, de nosotros depende. Por primera vez en los anales de los hombres se dan las condiciones para que se oiga alto y claro la voz de la gente, de las personas, del pueblo, ese artefacto extraño al que todos los gobiernos de este mundo han procurado ignorar soberanamente. Porque la gente, las personas, el pueblo, por fin han dicho basta, han gritado al unísono “estoy harto de estar harto y de que me toquen los cojones”.

Han sido en efecto muchos años de burlas y mentiras, de manipulación y corruptelas, de políticos infames y banqueros usureros. Han sido décadas de perseguir la zanahoria como burritos dóciles y obedientes, de prepararnos para un mañana que nunca llegará porque ellos lo han secuestrado. Hasta el futuro de los hijos que aún no hemos tenido está ya hipotecado. Hemos sufrido los caprichos de nuestro viejo amigo el Euríbor, con el que ellos han hecho malabares a su antojo. Hemos visto cómo especulaban, cómo hacían desaparecer nuestros ahorros por arte de magia, cómo fabricaban una crisis que ha devastado a todo el mundo excepto a ellos mismos, que siguen anunciando sus obscenos beneficios, que siguen teniendo al país en un puño, que siguen negando el crédito y quedándose con nuestras casas, ésas que compramos al precio absurdo y exorbitante que les dio la gana a ellos. Y es que ya no podemos pagarlas porque nos hemos quedado sin trabajo.

Han sido años, también, de observar atónitos, y con mucha vergüenza ajena, a nuestros políticos, aquellos que dicen representarnos y preocuparse de “los problemas reales de los españoles” cuando uno de los grandes problemas de los españoles son precisamente ellos, aferrados a sus cargos, a sus sueldos, a sus prebendas, a sus teatrillos de acusaciones cruzadas que sólo sirven para hacer la atmósfera irrespirable y para que el chiringuito siga funcionando a toda pastilla y sin injerencias. Nos han hecho sonrojar cada vez que han abierto la boca para hablar inglés, cuando a nosotros nos piden cinco idiomas para un trabajo por el que pagan 600 euros al mes. Nos han jodido a base de bien con sus contratos-basura y sus soluciones habitacionales, con los trajes de Camps y los ERES de Chávez; han llenado España de Marbellas y de tramas Gurtel, de concejales urbanísticos omnipotentes y promotores inmobiliarios llamados “El pocero” o “Sandokán”. Nos han sangrado con impuestos suecos y nos han ofrecido a cambio servicios africanos, fundamentalmente porque el dinero destinado a sufragar esos servicios ha acabado ya sabemos dónde. Por su culpa hemos llegado a sentir una mezcla de pena y asco por ser españoles y habitar este terruño arrasado.       

Y todo ello mientras nos entretenían con engañabobos, con noticieros panfletarios, con series deleznables para subnormales profundos, con bodas principescas, con mundiales y eurocopas, con engendros como Belén Esteban y un hatajo de futbolistas analfabetos y multimillonarios.

Nos vendieron las manifestaciones del mundo árabe con el eslogan de “mirad cómo luchan por la libertad y la democracia, están dispuestos a todos con tal de copiar nuestra feliz sociedad del bienestar”. Ahora, sin embargo, ha llegado el momento de decirles que no, que lo que hay aquí, lo que nos han impuesto, ya no lo queremos ni nosotros, porque lo hemos soportado demasiado tiempo, y nos asfixia. Porque no estamos aquí para malvivir, ni siquiera para sobrevivir, sino para vivir, coño, y no nos dejan. ¿Democracia? NO. Llámalo gerontocracia, el gobierno de los viejos, o plutocracia, el gobiernos de los capitales, o cleptocracia, el gobierno de los ladrones. Pero basta ya de llamarlo democracia. No cuela.

Todo esto que a base de granitos de arena estamos haciendo que ocurra puede marcar un antes y un después, y acelerar el necesario cambio de paradigma. LAS COSAS PUEDEN CAMBIAR.

Aunque finjan lo contrario, tienen miedo, oh, sí, el mismo miedo que siente un elefante anquilosado al ver un hormiguero en ebullición. Hay mucha fuerza en esta iniciativa, la fuerza incontrolable de lo espontáneo, de lo legítimo. Hay asimismo, es lógico, mucha rabia, mucha frustración, incluso el rencor justificado de los millones de ciudadanos que nos hemos visto obligados a vivir postrados y de rodillas. Pero hay un terreno en el que no tenemos una sola oportunidad: la violencia. Les superamos en número, en inteligencia, en preparación, en creatividad; llegados a este punto ya no tenemos nada que perder, y por tanto tampoco tenemos miedo. Ahí radica todo el potencial de este movimiento. Cada contenedor quemado es un argumento para que nos tachen de “ninis”, cada escaparate roto una excusa para desenfundar la porra y tratarnos como lo que les gustaría que fuéramos: chiquillos revoltosos con las hormonas disparadas, anarcoides de pacotilla, terroristas callejeros, punkarrillas zarrapastrosos, perro-flautas y demás ralea antiglobalización. Si permitimos que nos reduzcan a eso, esta batalla (pacífica) está irremisiblemente perdida y seremos aplastados como mosquitos. Porque cualquier acto exaltado les confiere autoridad moral para “mantener el orden”, que es como los estados se refieren a la represión. No hay que olvidar que las armas las tienen, y siempre las tendrán, ellos. Nosotros tenemos las ideas, y la razón, ése debe ser el discurso. Destruir mobiliario urbano no es el objetivo.

Recuperar la calle y la plaza está bien para empezar. Pero el ágora en estos tiempos es mucho más amplia, ocupa todo el ciberespacio: youtube, twitter, facebook. Ahí no tenemos rival, sencillamente no pueden con nosotros, y lo saben. Porque primero se crean los estados de opinión, y luego se reflejan en las urnas, que es donde realmente les duele.

Banderas republicanas, la hoz y el martillo, el cóctel molotov… No creo que ése sea el camino, es un lenguaje obsoleto, que quizá funcionara en el pasado, pero ya no, y que resulta fácil desactivar. Debemos buscar nuestros propios símbolos, articular nuevas formas de expresión, que sean originales, sorprendentes, chocantes, y apelen directamente al imaginario colectivo. Por ejemplo: que un día amanezcan todos los toros de Osborne, a lo largo y ancho de la geografía nacional, pintados con los colores del arco iris, o que las sucursales bancarias aparezcan con una soga de horca colgando en sus fachadas, indicando que justo así es como nos tienen a todos.

No hay mayor desprecio que mirarles fijamente a los ojos en silencio, para que nos vean, para que nos sientan. El ruido les favorece, pues ellos manejan los medios y los cuerpos de seguridad. Se trata de no proporcionarles coartadas para que nos conviertan en niñatos a los que en lugar de hacer botellón les ha dado por armar un poco de escándalo. Se trata de no proporcionales coartadas para que nos apaleen, o para que nos disparen. Sus balas son tan democráticas como todas las demás: perfectamente capaces de atravesar carne, huesos y órganos. Y las usarán si hace falta, desde luego, porque en la relación amo-esclavo, ¿quién teme que las cosas cambien?             

 Eso es todo. No desperdiciemos la ocasión, que quizá no vuelva a presentarse. La ocasión de que por una vez los que siempre han dormido a pierna suelta sepan lo que es un mal sueño, sepan lo que es sudar, sepan lo que es una crisis de verdad. La ocasión de que la gente, las personas, el pueblo, recuperen para siempre lo que se les ha quitado. En nuestras manos está.

EL TABANO



Los no muertos

Están entre nosotros, compran el pan y se reúnen para beber litronas con los amigos en los parques. Pasean por la calle luciendo las cabezas rapadas, las patillas, botas militares y bombers, los tatuajes de telas de arañas en los codos, el 88 o una esvástica los menos discretos. Los no iniciados a duras penas podremos distinguir a un cerdo de un guarro (a un nazi de un antifascista), pero como las meigas, haberlos hailos.

Qué lejanas nos parecen las peleas de maras o bandas de latin kings, ignorando que en nuestras ciudades, en la tuya y en la mía, los fascistas y los antifascistas que les hacen frente se pelean, persiguen y fichan en escaramuzas urbanas. Cuando la sangre llega al río, cuando una disputa termina en muerte o en puñalada, los medios se hacen eco de los gritos y voces de las fallas de nuestra sociedad.

No están muertos los que se vanaglorian de la raza aria, los que comulgan con el odio al diferente, con la intolerancia, los que se jactan del holocausto y no dudarían en repertirlo si en su mano estuviese, con otras etnias y grupos. No están muertos los que odian a los homosexuales, a los hippies y a los pijos; a los que llevan rastas, a los gitanos, a los que llevan pantalones anchos o escuchan hiphop. No están muertos, compran el pan, se reúnen para beber litronas con los amigos en los parques y, en Semana Santa (como hemos podido ver hoy en El diario público) hacen cosas tan populares como llevar al Cristo de la Buena Muerte.


¿He vuelto?

Porque mi blog no es un blog que se precie, sólo tiene relatos que corregí posteriormente y llenos de erratas. Porque a escribir se aprende escribiendo. Porque siempre tengo cosas que decir aunque a nadie le interesen. Porque un día uno se llena de buenos propósitos ignorando si será capaz de cumplirlos. ¿Seré capaz de vencer a la inconstancia y mantener actualizada esta mierda? De momento no lo sé, mas a partir de ahora, tiemblo.